Razon de la esperanza

La verdad de Dios para el pueblo de Dios

Entre la luz y la sombra: Verdades del seguimiento, por Alexander Cabezas M.

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Invitado Alex Cabezas

Invitado Alex Cabezas

Es el encuentro de un maestro principal contra el gran Maestro.  El escenario está listo y el hombre abre el debate:

 “Rabí sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”  (Juan 3:2).

Buen discurso inaugural.  Es como un primer golpe asestado al estilo de los grandes cuadriláteros cargado con fuertes argumentos teológicos.  No se podía esperar menos de un gran erudito y conocedor de la ley.

Más Jesús no reacciona de igual forma. Observa en lo más recóndito del corazón de este maestro. Hace falta más que una acertada declaración filosófica, para engendrar una fe salvífica.  Quizás por eso le ofrece el tratamiento:

Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3: 3).

Desestabiliza la lógica de este letrado quien desconcertado no logra entender la símil presentada.

Nacer es:

Morir para luego brotar en el Espíritu. Retomar el “corazón de niño” olvidado quizá, mucho tiempo atrás. Es un cambio de mente y espíritu.  Abandonarse para permitir que esta vez sea Jesús quien gobierne sobre su libertad y, con nuevos ojos atreverse a creer que allí donde otros ven muerte y esterilidad, nueva vida puede germinar.

¡Esto es ver el Reino de Dios!

Es un camino que para algunos podría parecer absurdo.  Es trazar una nueva ruta y empezar  el descenso:

Cambia su silla por el banquillo de estudiante, para permitir ser  instruido.

Se nota en el contenido de las nuevas palabras de Nicodemo cargadas de sencillez, que se parecen más al estilo de aquellas pintorescas preguntas que hacen los niños y las niñas en su etapa de los “mil y un porqués” que, a las interrogantes de un maestro principal:

¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo…? ¿Puede un hombre entrar de nuevo en el vientre de su madre…? ¿Cómo puedo hacer esto…? ¿Cómo?

…Pero es así como comienza su seguimiento.

Varios años atrás, iniciando mis estudios teológicos, asistí a un curso impartido por un profesor invitado: Gordon Fee; reconocido en el mundo de la erudición bíblica y escritor estadounidense.

Durante un receso salí a la cafetería.  En una pequeña mesa identifiqué a un señor norteamericano como de 70 años y de grandes ojos azules. Me senté a su lado y comenzamos a conversar.  Me dijo que tenía un doctorado en teología; sus siguientes palabras, las cuales nunca podré olvidar, en verdad me sorprendieron: “Estoy aquí porque quiero conocer a Jesús” Todo un gran versado de las verdades bíblicas, sin embargo reconocía ¡no conocer al Jesús de la Biblia!

Por supuesto, la sabiduría y el conocimiento son importantes. Siempre y cuando no se vuelvan ocasión para esparcir nuestra arrogancia y creamos que, podemos “abofetear” a los más humildes con nuestras sapiencias, mientras en el fondo sabemos que nuestro vacío interior, nos grita por una renovación en nuestro espíritu.

Pero si exaltamos el conocimiento con orgullo y jactancia, corremos el riesgo de endiosarlas para descubrir que aquel manojo de verdades incipientes, no son capaces de calentar un  alma.

Bien haríamos aprender de Nicodemo, quien decide “dejar de caminar entre sombras” para acercarse a aquel que se declara ser la Vida y la Luz.

Volviendo a la escena anterior, reconozco que callé, no estaba preparado para tal respuesta.  ¿Qué podía yo ofrecerle a éste ilustrado más allá de mi sencillez,  cuando lo que buscaba era precisamente la vida?

Le ofrecí lo que consideré mis perlas más preciosas: una oración interna, una sonrisa y unas palabras de esperanza mientras agregaba: Espero lo encuentre…

Al concluir el curso, los allí presentes agradecimos al Señor por la sabiduría y la espiritualidad de este profesor. Nutrió y desafió nuestras mentes, pero nos ayudó a beber de un caudal fresco que sació nuestra sed interna.

Al otro lado del salón, divisé los ojos azules que se conectaron con los míos.    No hubo necesidad de agregar palabras, el rosto de este hombre mayor, cuyo nombre olvidé, resplandecía. Comprendí al siguiente momento que el encuentro se había producido. Finalmente se había iniciado el seguimiento de Jesús.

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3 comentarios

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  1. Lleva Usted mucha razón, creernos el último vaso de agua en el desierto en un grave error.

    Guido Arturo Romero Montes

    30/06/2013 at 1:51 am

  2. Cuando lei este articulo recien habia leido Lucas 17:7-10 donde EL SEÑOR JESUS nos recuerda que debemos poner los pies en la tierra.
    –Así también ustedes, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: “Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación.”– DHH Lucas 17:10
    DIOS, EL SEÑOR con su Santo Espiritu los bendiga estos articulos es como volver a tomar agua de la Roca y nunca apartarnos de su palabra.

    Rafael

    03/07/2013 at 10:20 am

  3. Esto es una realidad. A veces sabemos tantos que no sabemos nada

    Daniel Porrata

    13/07/2013 at 7:43 am


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