Razon de la esperanza

La verdad de Dios para el pueblo de Dios

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Antes de criticar el calvinismo o el arminianismo, ¡CONOZCA LO QUE REALMENTE PIENSA!

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¿No es molesto cuando alguien insiste en que sabe lo que usted cree, y no acepta su palabra de que no lo hace?

Un amigo mío que trabajaba en un entorno musulmán escuchaba a menudo: “¡Ustedes los cristianos creen en una trinidad de Padre, Hijo y Virgen María!”. En este caso, el cristiano debería tener la última palabra, ya que “¡Creo que conozco mi propia religión!”.

Los no cristianos me han dicho: “Oh, usted es evangélico, por lo tanto, cree en XYZ”. O “Usted votó por fulano. Por lo tanto, ¡debes creer en ABC!”. Cuando sugiero amablemente que están equivocados, que “Debes estar pensando en otra persona”, ¡parecen dudosos!

El otro día, alguien acusó a los presbiterianos de ser “católicos”, porque bautizan a sus bebés. Un presbiteriano respondió que ese no era el caso, y que él bien la base de su propia teología.

La caracterización errónea de otra persona es la falacia del “hombre de paja”: cuando alguien afirma estar atacando las creencias de un oponente, pero en realidad está atacando algo que él mismo ha inventado. Es fundamentalmente deshonesto y poco ético. Es lo contrario de “decir la verdad con amor”.

En su Teología arminiana: Mitos y realidades (2006 en inglés, 2022 en español), Roger Olson cuenta una larga historia sobre cómo ha sido criticado con frecuencia por creer en un arminianismo que no sostiene; o incluso se le ha dicho que es básicamente católico o incluso que no es cristiano en absoluto.

Él escribe:

“Las cosas cambiaron cuando me inscribí en un seminario evangélico bautista y empecé a oír el término arminiano siendo usado de modo despectivo. En mis estudios en el seminario mi teología era equiparada al semipelagianismo. Ahora yo precisaba descubrir qué era el semipelagianismo… Durante las décadas de los ochenta y noventa, a medida que mi propia carrera evolucionaba, descubrí que mi mundo evangélico estaba siendo afectado por lo que un amigo reformado llamó «la venganza de los calvinistas». Diversos autores evangélicos y publicaciones empezaron a hacer duros ataques contra la teología arminiana, con informaciones incorrectas e interpretaciones erróneas. Oí y leí que mi propia forma de ser evangélico era llamada «humanista» y «más católica que protestante».”

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Calvino sobre la oración

Tanta gente rechaza a Calvino, otra gente lo ama, y ¡poca gente lo ha leido! Por ejemplo, es un mito, chisme realmente, que la fe reformada rechaza la necesidad de oración. De hecho, hasta Juan Calvino incluyó en su Institución, una sección entera sobre la necesidad de oración. Nuestra dependencia de nuestro Padre Soberano nos hace aún más propensos a correr a él en oración.

Escuchamos a Calvino:

Nos dirá alguno: ¿Es que no sabe El muy bien sin necesidad de que nadie se lo diga las necesidades que nos acosan y que es lo que nos es necesario? Por ello podría parecer en cierta manera superfluo solicitarlo con nuestras oraciones, como si El hiciese que nos oye, o que permanece dormido hasta que se lo recordamos con nuestro clamor.

Los que así razonen no consideran el fin por el que el Señor ha ordenado la oración tanto por raz6n de Él, cuanto por nosotros. El que quiere, como es razonable, conservar su derecho, quiere que se le de lo que es suyo; es decir, que los hombres comprendan, confiesen y manifiesten en sus oraciones, que todo cuanto desean y ven que les sirve de provecho les viene de Él. Sin embargo, todo el provecho de este sacrificio con el que es honrado revierte sobre nosotros. Por eso los santos patriarcas, cuanto más atrevidamente se gloriaban de los beneficios que Dios a ellos y a las demás les había concedido, tanto más vivamente se animaban a orar.

En confirmación de esto basta alegar el solo ejemplo de Elías, el cual, seguro de! consejo de Dios, después de haber prometido sin temeridad al rey Acab que llovería, no por eso deja de orar con gran insistencia; y envía a su criado siete veces a mirar si asomaba la lluvia (1 Re. 18, 41-43); no que dudase de la promesa que por mandato de Dios había hecho, sino porque sabía que su deber era proponer su petición a Dios, a fin de que su fe no se adormeciese y decayera.

De Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana III, xx, 3. Aquí el libro.

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